Una reflexión inspirada en Mondrian, los números primos y la complejidad de la vida
Hace unos días, casi por casualidad, me encontré con una exposición de la obra de Alexander Calder. Como suele ocurrir cuando una idea conduce a otra, terminé pensando en la obra de Piet Mondrian. Sus trabajos siempre me han impactado, sus cuadros son fácilmente reconocibles: líneas negras, rectángulos blancos y algunos planos de color en rojo, azul y amarillo.
Los colores primarios.
Mientras observaba la obra pensé en algo que siempre me ha fascinado: los números primos.
Quizá a muchas personas no les llamen particularmente la atención. A mí sí. Los números primos tienen una característica singular: solo pueden dividirse por sí mismos y por uno. Son, por decirlo de algún modo, indivisibles.
En arte sucede algo parecido con los colores primarios. A partir de ellos pueden obtenerse muchos otros colores, aunque ellos mismos no se descomponen en otros tonos.
Mirando aquel cuadro de Mondrian, la conexión apareció casi sola: colores primarios, números primos… y personas.
Las personas también somos así.
A lo largo de la vida desempeñamos muchos roles. Una misma persona puede ser profesional, madre, esposa o pareja, hija, hermana, amiga. Puede trabajar, escribir, enseñar, dirigir equipos, administrar su hogar y, además, intentar encontrar tiempo para sí misma.
En uno de mis libros, Diccionario de términos de Recursos Humanos, incluí una definición llamada “síndrome de la mujer maravilla”. Allí describo cinco roles que muchas mujeres asumen simultáneamente: profesional, cónyuge, madre, administradora del hogar y mujer, en el sentido de ocuparse también de sí misma.
A esos cinco podrían sumarse muchos más.
Sin embargo, a pesar de esa multiplicidad de roles, cada persona sigue siendo una sola.
En mis libros suelo hablar de la persona como un todo. No somos la suma de funciones separadas, como si cada una existiera de manera independiente. Somos una unidad que integra todas esas dimensiones.
Quizá por eso me gustan los números primos.
En medio de tantas divisiones posibles, ellos conservan una cualidad especial: permanecen indivisibles.
Algo parecido ocurre con las personas.
Podemos desempeñar muchos roles, asumir distintas responsabilidades y habitar múltiples espacios de la vida. Podemos cambiar, crecer, transformarnos.
Aun así, seguimos siendo una sola persona.
Tal vez por eso, al mirar aquellos colores primarios de Mondrian, pensé que algo en ellos se parecía un poco a nosotros.
Tal vez por eso, al mirar aquellos colores primarios de Mondrian, pensé que algo en ellos se parecía un poco a nosotros: elementos simples, aparentemente básicos, capaces de combinarse de infinitas maneras y, sin embargo, en su esencia, profundamente indivisibles.