
Hay canciones que quedan asociadas a un momento, a una persona, a una época. Y hay otras que, muchos años después, permiten descubrir algo que quizá no habíamos pensado cuando las escuchamos por primera vez.
En 1962, Elvis Presley cantaba Return to Sender.
Era muy joven. Traje oscuro, camisa blanca, una imagen que hoy pertenece a la memoria de aquellos años. La canción contaba una historia de amor bastante sencilla: él había cometido un error, había discutido con su chica y le escribía una carta para disculparse.
La carta volvía.
Return to sender.
Él lo intentaba nuevamente. Cambiaba la forma de enviarla. La carta volvía otra vez.
Hay un detalle de la historia que siempre me ha parecido especialmente contundente: ella devuelve la carta sin abrirla.
No hay respuesta. Hay devolución.
Podríamos decir simplemente que ella lo rechaza. Sin embargo, devolver una carta sin abrirla dice algo más. Ella no quiere siquiera leer lo que él tiene para decirle. No le da la oportunidad de explicarse. Rechaza hasta sus palabras.
La carta vuelve cerrada y el mensaje, paradójicamente, es inequívoco.
No hace falta leerla para entender la respuesta.
Pensándolo desde hoy, hay algo más en aquella pequeña historia romántica de 1962.
Elvis quiere que ella vea algo que ella ya no está dispuesta a ver.
Quiere que vea su arrepentimiento. Quizá su amor. Quizá el valor que todavía podría tener para ella aquello que intenta decirle.
Quiere ser visto por una persona determinada.
Y aquí la canción de 1962 se cruza, inesperadamente, con una idea sobre la que he trabajado muchos años después.
Ser visto no significa simplemente estar delante de los ojos de los demás.
Podemos estar presentes y no ser vistos. Podemos hablar y no ser escuchados. Podemos intentar mostrar algo valioso de nosotros y encontrarnos con alguien que, por las razones que sean, ya no está dispuesto a verlo.
También importa por quién queremos ser vistos y qué queremos que esa persona vea de nosotros.
En el mundo del trabajo puede ser nuestro aporte, nuestras capacidades, nuestros valores, nuestra manera de relacionarnos con los demás. En la vida personal será otra cosa. En una historia de amor, como la que cantaba Elvis, puede ser simplemente un sentimiento que deseamos que el otro todavía pueda reconocer.
Aunque existe un límite que tampoco conviene olvidar: ser visto requiere de otro que esté dispuesto a mirar.
En Return to Sender, Elvis lo intenta. Escribe. Se disculpa. Envía su carta.
Ella ni siquiera la abre.
Y así, entre tantas cosas que pasaron en 1962, quedó también esta pequeña historia.
Una canción sobre una carta que iba y volvía.
Una chica que había decidido no darle entrada.
Y un Elvis jovencísimo que, sin saberlo, quizá también necesitaba SER VISTO.