Muchos años atrás.
Un vuelo de Buenos Aires a Panamá. Después vendrían Bogotá, Quito, Caracas o algún otro destino en Latinoamérica.
Apenas el avión alcanzaba la altura de crucero abría la computadora. Mientras algunos pasajeros dormían, hojeaban una revista o simplemente esperaban llegar a destino, yo escribía.
En aquellos vuelos fueron naciendo muchas páginas de La Trilogía. Las competencias ya estaban definidas. Faltaba escribir cada uno de sus grados, los comportamientos, las preguntas.
No podría decir hoy qué escribí en cada viaje.
Sí recuerdo la sensación de aquellas horas suspendidas entre un aeropuerto y otro, cuando el tiempo parecía pertenecerme por completo.
Septiembre de 2002.
Una conferencia había terminado.
Durante el vuelo de regreso apareció una idea con esa fuerza determinada que tienen algunas ideas importantes. No podía esperar.
Busqué una pequeña libreta, de esas con anillado en la parte superior, y escribí apenas unas líneas.
Dos años más tarde, después de una investigación intensa, aquellas notas se habían convertido en un libro.
Caracas.
Un hotel rodeado de jardines. Sol. Un fin de semana que invitaba a hacer cualquier cosa menos trabajar.
Busqué una mesa al aire libre. Abrí la computadora.
Las horas pasaron casi sin darme cuenta. De tanto en tanto el mesero se acercaba para preguntarme si deseaba algo. Yo levantaba la vista apenas un instante y volvía a la pantalla.
No recuerdo qué estaba escribiendo… Recuerdo el placer de escribir.
Otoño de 2020.
El mundo parecía detenido. Días antes, desde la editorial, me habían propuesto escribir un libro sobre teletrabajo. La propuesta quedó dando vueltas unos días, sin encontrar todavía su forma.
Una mañana apareció un título.
Gestionar sin estar.
No había una sola página escrita. Solo un título. El resto llegó después.
Nunca tuve un horario para escribir. Tampoco un lugar.
La escritura me encontró en balcones, aviones, hoteles, aeropuertos, salas de embarque y mesas al sol.
Cuando una idea aparecía, el lugar dejaba de tener importancia.
Hay una imagen que nunca cambia.
Miro la pantalla. Nunca el teclado.
Las manos recorren las teclas con la naturalidad que dan los años. Los dedos encuentran cada letra sin necesidad de buscarla. Las palabras aparecen una detrás de otra mientras la mirada permanece fija en la pantalla.
Cuando pienso en mis libros, casi nunca recuerdo el día en que llegaron los primeros ejemplares ni la fecha en que fueron publicados.
Vuelven otras imágenes.
Un avión.
Una libreta.
Una mesa al sol.
Un balcón.
Y la silenciosa felicidad de escribir.